El instituto en el que cursaba la secundaria quedaba a 35 cuadras de mi casa, las cuales siempre recorría a pie, me hubiera gustado como a todo adolescente tener mi propio coche para recorrer este largo tramo, pero lamentablemente no poseía el dinero suficiente para gastarlo en un coche, y el poco que juntaba con mi trabajo de medio tiempo era destinado a mi madre o a un rejunte de ahorros que guardaba por si en algún momento llegaran malas épocas.
De ves encunado me dirigía al colegio en bicicleta, pero el diluvio del día anterior había echo que la calzada se encontrara resbalosa y poco segura para un viaje pedaleando. De todos modos poseía buenos reflejos y la mojada acera no hubiera supuesto un problema para mi, pero aun así preferí caminar. Para distraerme iba escuchando música en mi Mp3 uno de los pocos lujos que tenia.
Mi vecindario estaba repleto de casas, algunas elegantes, otras humildes, precarias y pertenecientes a gente de clase media y clase baja.
Cruce caminando por la vereda de la casa de mis vecinos, su hijo iba en mi misma clase, mi madre, de pequeña, me había pedido que me hiciera amiga de el, ya que sus padres le habían comentado de la soledad de este y temían que de grande no fuera un adolescente común, y su vida social no existiera. Temían que no fuera normal, JAJA, como si yo misma fuera normal. A pesar de lo pedidos de mi madre, no me intereso su amistad y entre nosotros lo único que hubo, fueron peleas o discusiones. En fin, al parecer el miedo de los padres se fue el día en que su hijo se convirtió en el idiota popular del instituto, otro estupido que sobra en el mundo.
Eche una mirada de rencor a la casa, y adelante el paso rápidamente cuando una de las masetas perteneciente a esta se quebró haciendo un gran ruido. ¡Mierda! exclame en mi fuero interno. ¿Es que no podía tener un solo día normal?, ¿Siempre mis capacidades ivan a meterse en el medio de lo que tenia que pasar?. Hoy por ejemplo, en ese mismo momento debería estar en una guardia de un hospital, sentada sobre una silla de ruedas y con los pies ensangrentados y con varios fragmentos de vidrio incrustados, y no caminando 35 cuadras para dirigirme al colegio. Tampoco debería estar caminando 2 veces mas rápido que mi paso normal por mirar con odio la casa del Idiota, ya que mi mirada había echo, de alguna forma, un gran quiebre sobre la gran maseta, y el ruido fue tal, que cualquiera hubiera pensado que me dirigí con un martillo a romperla.
Escuche que la puerta de mis vecinos se abría. Genial.
- ¡Estupida! – escuche como me insultaba a mis espaldas la vos de el, del Idiota.
Me gire con una ceja alzada y me adelante 2 pasos hacia su dirección.
- ¿Perdón?, ¿me hablaste? – le dije en tono sarcástico. Nos separaban solo dos metros, y tranquilamente podría encajarle una buena tunda en la cara. Mi genio era mucho.
- Si pendeja, ¿Se puede saber con que necesidad rompes mis cosas?
- ¿Romper?, Idiota, no rompí nada, déjate de hablar tonterías y si tenes ganas de molestar búscate otra ¿Dale?
- Si, si, claro, y ¿Se puede saber quien hizo eso en mi maseta?
- ¿Por qué tendría que saberlo yo?, fíjate, no gano nada rompiendo cosas por la vida.
No me contesto y me quedo mirando como un nene de cuatro años enojado.
- Ok, ¿sabes que?, esta bien, si queres pensar que fui yo, hace lo que quieras, llego tarde al colegio, me voy.
Sin agregar nada, me gire y continué mi camino, coloque nuevamente los auriculares en mi oreja y aguante el enojo que tenia. La mano me picaba, estaba esperando poder encajarle un buen golpe. Suspire.
Atrás mió, el me seguía, al igual que yo se dirigía al instituto, no sabia que hacer, no me quería cambiar de vereda y tampoco quería adelantar el paso. Lo ignore. La bronca poco a poco se suavizo y de a poco me olvide de su existencia.
Llegue al colegio y me fui a reunir con los pocos amigos que tenia, si es que se les puede llamar amigos, conocidos coincidiría mejor con su descripción.